Un activista incómodo

Osama bin Laden, un activista incómodo

Bin Laden, concienciado

Hubo un tiempo en el que a un individuo que afirmara “yo soy ecologista” se le asociaba inmediatamente con un movimiento solidario, responsable, bienintencionado, noble y puro incluso. Por aquel entonces los ecologistas eran outsiders, gente un poco adelantada a su tiempo, progresista, idealista y dispuesta a remangarse para luchar por una causa que consideraba no sólo justa, sino también necesaria. ¡Qué tiempos aquellos!

En el 2010, podemos afirmar que el ecologismo ha degenerado hasta convertirse en un amago de religión, un movimiento que no sólo pretende monopolizar la verdad, su verdad, sino que, en un extraordinario ejercicio de manipulación y relaciones públicas digno de estudio académico, prácticamente lo ha conseguido.

¿Y quién es el último ideólogo de renombre mundial en subirse al carro de lo verde? Nada más y nada menos que el fanático e integrista número uno, el mismísimo Osama Bin Laden.

Probablemente, Bin Laden ha tenido tiempo de estudiar a fondo el calentamiento global desde la recóndita y oscura cueva en la que se esconde desde hace años. Puede que, abrumado por la cantidad de tiempo libre que le otorga ser el terrorista más buscado del mundo, haya realizado pruebas y mediciones, leído “Primavera silenciosa” de Rachel Carson y buceado en libros e informes del IPCC (disponibles en varios idiomas, incluido el árabe ) en torno al tema.

O puede que no. Puede que, como la mayoría de nosotros, simplemente haya tenido oportunidad de ver en la CNN alguna que otra noticia relacionada con el calentamiento global mientras intentaba informarse de la situación en Afganistán e Irak. Puede que haya conseguido de forma clandestina una copia en DVD de “Una verdad incómoda” de Al Gore o que sus “asesores” le hayan recomendado que se sume a esto del ecologismo, que está de moda, y que le hará ganar unos cuantos puntos. Como recoge el artículo publicado en El Mundo:

“muchos analistas señalaron que la elección de esos temas indicaba la intención del terrorista de presentarse como un líder mundial con preocupaciones parecidas a las de cualquier jefe de Estado”.

Podría ser que el bombardeo masivo de mensajes altamente emocionales y escasamente argumentativos de la causa ecologista sea tan eficaz y esté tan bien orquestado, que ha conseguido llegar hasta las recónditas montañas de Tora Bora, donde se sospecha que se esconde Bin Laden.

Podría ser, en definitiva, que Bin Laden no se haya parado a pensar aunque sea un segundo; que su espíritu crítico haya quedado anulado por el torrente de propaganda ecologista recibida.

Podría ser que a nosotros nos haya pasado lo mismo.

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